¿Dónde queda la Patria?

La construcción de la Patria se inicia en el Paladar, el primer acercamiento a la cultura lo hacemos a través del gusto y nuestros primeros pasos hacia la socializacion los damos caminando rumbo la teta de la madre. 

 El lugar geográfico en el que se asienta la Patria, inamovible y férrea, es en la lengua. Y de este modo la Patria no es un terruño delimitado y colindante con las “patrias ajenas” sino un amor itinerante definido por olores, sabores y texturas que nos recuerdan quiénes somos y hasta nos reeditan la historia personal.

La Patria queda en la lengua.

Hasta hace pocos años las Arepas eran unas “ricas desconocidas” en el mundo. Amasadas con nostalgia por uno que otro venezolano que cursaba algún postgrado afuera o se había asentado en el extranjero después de casarse con un musiú. Salvo esos casos aislados, el venezolano no emigraba y su comida tampoco.  En la segunda década del 2000, marcada con el masivo éxodo de venezolanos por razones político- económicas, la Arepa ha pasado de ser un ama de casa silenciosa y sumisa a convertirse en una latina sexy y exótica que todos quieren saborear. 

El venezolano ha llevado su comida a todos los lugares a los que ha emigrado; un nuevo escenario, hasta ahora inimaginable. Nuestra comida que era un secreto bien guardado por madres y abuelas se ha convertido en un modo de estar juntos en la distancia; ahora no es necesario “monopolizar” la receta porque esos hijos y nietos ya no están y no ejercemos un poder amoroso y casi hipnótico sobre ellos con nuestros platos y la celosa custodia de sus quehaceres. Ahora las recetas de las abuelas vuelan por Skype y whatsaap con lujo de detalles como una ofrenda amorosa, para estar presente en la mesa del ausente. Ésta transferencia gastronómica, ese flujo normal de intercambios culturales, no sólo ha servido para preservar los sabores en el exilio, sino para darle “vitrina” en el mundo a nuestra comida típica, tan rica en sabores, colores y texturas, pero además tan noble y sencilla de adaptar en cualquier latitud. 

Nuestra gastronomía gana cada día fanáticos y enamorados, prosperan locales, Servicios de Catering, platos incluidos en algún menú de restaurantes que ofrecen comida latina; chef venezolanos en “realityshow” en los que muestran nuestra cocina criolla… el éxodo es doloroso, pero tiene su lado gratificante y hermoso. 

Sigo sosteniendo que el hilo que nos cose irremediablemente a nuestras raices es la gastronomía. No importa lo suculentas que sean las panquecas, el pan o las tostadas francesas; el venezolano siempre busca conectarse a su terruño a través de las arepas; el queso blanco rallado y el perico… Hay un regreso al origen, al amor primigenio, a la madre, al significado de la palabra “patria” que adquiere un nuevo valor semántico.

La Patria queda en la lengua.

 La arepa no sólo alimenta “el cuerpo” que ha emigrado sino que preserva intacta en la memoria gustativa las vivencias de infancia, los espacios físicos en los que fuimos felices, los valores, la tradición, el acervo cultural, los referentes y referidos, nuestros signos lingüísticos convenidos entre cada poblador de un país sin importar su grado de instrucción, raza, credo, sexo, edad o condición social… allí, en la comida somos uno.

 La gente no desayuna arepas porque le guste,  las desayuna porque los hacen sentir amados, pero sobre todo “sentir en casa”. La comida es un lenguaje universal que no requiere subtitulos, pero es tan bien una jerga amorosa que no amerita explicaciones. La Comida típica, es todo eso, y además es nuestro “cable a tierra”. Se los juro. La cocina se convierte en una suerte de “tirro” con el que sujetamos los sentimientos, las vivencias, los recuerdos que amenazan con escaparse. Una de las muchas caras del Amor. Y eso es la Patria, amor, útero, centro, raíz… pero también ramas y flores porque es capaz de propagarse, reproducirse y no extinguirse o desgastarse. La Patria se re-crea cada vez que cocinamos nuestros platos típicos, por eso nuestra ubicación geografica no es limitante ni definitoria. Los sabores si. Nos reconocemos en el cilantro, el ají dulce, el papelón, el comino… Sin importar sí ese pedacito de papelón que disolvemos contra el paladar lo estamos chupando en Caracas o en Budapest. 

Recuerdo una clase en la Escuela de Letras de la UCAB cuando leíamos “El Camino de Swann”. La profesora, una rumana enigmática que había emigrado a Venezuela por amor, había parido dos venezolanos y además de arepas les preparaba “Ciorbā de pollo” en un intento desesperado para que ni el comunismo, ni la emigración forzosa, le arrebataron la identidad. ¿Y que otra cosa nos hace más idénticos a nuestros  paisanos o nos acerca más a nosotros mismos que los platos típicos, sus sabores y el modo de cocinarlos? 

 Asi “la rumana” nos explicaba con pausa y acento, el famoso efecto de “La Magdalena de Proust”; o la llamada “Memoria involuntaria“, que es aquella prodigiosa capacidad de los sentidos para rescatar los recuerdos enterrados en el subconsciente. Lo que no podemos lograr recordar ni esforzándonos, lo puede alcanzar un sabor, un olor, una textura…y magicante, un acto absolutamente involuntario y aleatorio, nos trae historias y emociones que creíamos olvidadas… Curucutea en nuestra memoria gustativa y desempolva nuestro ADN colectivo. Los Sentidos nos preservan de la aniquilación de los recuerdos, generadas por el tiempo y el olvido… No hay ni un venezolano que al comerse una arepa no regrese a sus primeros recuerdos, por eso las arepas siempre nos ponen felices; son la infancia despreocupada e inocente…una rendonda  y perfecta aspirina para el alma… Sí me preguntan las coordenadas geográficas de mi patria, la respuesta siempre será la misma: La Patria queda en la Lengua.

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